miércoles, 10 de enero de 2018

12 consejos para gozar de buena salud


Un cuento con camellos












Ellos no sabían qué estaba sucediendo. Preparando los regalos y manteniendo a dieta a los camellos para que pudieran volar sin riesgo sobre el océano, no habían tenido tiempo de leer un solo diario en los últimos meses.

—Paren, paren, paren… —les dijo un minúsculo señor que agitaba los bracitos como si quisiera empujarlos para atrás con camellos y todo—. No pueden pasar. Se los ordena el Veedor Espacial de esta benemérita Estación. O sea —agregó, sacando pecho—, yo.


—Pero… ¿por qué?


—Porque vienen con animales. Por eso.


—¿Y?


El Veedor se llevó las manos a la cabeza. Tenía el pelo reluciente y negro. Uno de los camellos por poco le atrapa un mechón entre sus dientes.


—¿Ustedes viven en otro mundo? —dijo el funcionario, molesto, al borde de la indignación—. ¿No se enteraron de que Europa prohibió la entrada de animales en su territorio? Todo chancho, vaca, burro, caballo, gallina, perro, ardilla, piojo y/o garrapata tienen impedido el paso. Ni las moscas pueden pasar.


—¿Y eso a qué se debe, si se puede saber?


—¡Control de aftosa, señores!


—Mire, caballero —dijo el más morocho de los tres personajes señalando a sus fieles y jorobados animales de carga—, estos son camellos ¿entiende?


—¡Bien dicho, Baltazar! —dijo el más viejo, que, por la exaltación, casi se le cae la corona—. Ni nuestro amigo Melchor hubiera podido decirlo con más claridad.


—Yo agregaría algo más, mi querido Gaspar —respondió el aludido—. Diría que este… este señor —miró al Veedor de arriba a abajo— me está resultando muy pero muy antipático.


—Eso —dijo Baltazar—. Debe hacer mucho tiempo que este… este señor no pone sus zapatos en la víspera de un seis de enero.


—No le veo tierrita en las uñas, seguro que ni se acordó de cortar el pasto.


—¿Pasto? —dijo el Veedor abriendo los ojos.


—Sí, para nuestros camellos. ¿O no recuerda que estos animales se llaman camellos?


Una de las tres bestias sonrió mostrando sus dientes amarillos.


—Perfectamente —dijo el Veedor, después de una pausa. Tenía una expresión malévola, y el pelo parecía relucirle más que nunca—. Voy a agregarlos a la lista —escribió un par de líneas—. Ya está, ¿ven? Tampoco pueden entrar camellos ni acompañantes de camellos —y sonrió satisfecho exhibiendo el papel como si fuese un trofeo.


Entonces habló el más joven de los tres, que se había quedado pensativo:


—Perdón, ¿usted acaba de decir, si no me equivoco, que nosotros tampoco podemos entrar?


En seguida el Veedor Espacial buscó un papel en el bolsillo. Parecía un ave de rapiña; más precisamente un cuervo, de tanta negrura.


—“Los seres humanos (es decir, mujeres y/o hombres) —leyó con tono de director de colegio— que intenten atravesar el espacio aéreo de Europa con cualquier intención, y vengan acompañados o acompañando a cuadrúpedos, plantígrados, primates o cualquier otra clase de insectos o mamíferos, deberán permanecer en cuarentena en un cuartito preparado especialmente en esta Estación.” ¿Clarito, no? —sonrió, jadeante y relamiéndose como un gato.


—¡Pero si la aftosa no afecta a los humanos! —dijo Gaspar.


—¡Por las dudas! —contestó el veedor.


—¿Cuarentena —preguntó cauteloso Melchor— quiere decir cuarenta días?


—¡Usted lo ha dicho! —expresó triunfante aquel burócrata del espacio.


—Y dígame una cosa, señor Aguafiestas —la negra piel de Baltazar se había puesto roja de tanto contener la furia—: ¿quién va a explicarles a los chicos que nosotros tres nos hemos quedado varados por cuarenta días en una mísera Estación Espacial?


—Ese no es mi problema, señor mío.


—¡“Rey mío”, si no le molesta!


—Tranquilo, Baltazar —intervino Melchor—. Hay cosas más importantes. Ya casi es seis de enero. Los chicos esperan los regalos esta noche.


—Y además, ya deben haber puesto los zapatos en la ventana.


—Y el pasto y el agua.


—Ya dije —confirmó el veedor— que ese no es mi problema.
De golpe los tres Reyes Magos empezaron a vaciar su equipaje. Formaron pilas enormes con paquetes. Era imposible imaginar que tantos regalos entraran en apenas tres bolsas.


—¡Por favor guarden eso! ¡No me desordenen la estación!


—Dígame otra cosa —se le acercó Melchor—: ¿usted nunca fue chico?


—Sí, claro. Como todo el mundo. ¿O usted qué se cree? ¿Que nací de un huevo?


De un huevo no, pensó Baltazar. Nació de una máquina. Pero se contuvo.


—Entonces —dijo, un poco triste—, ¿cómo es que no nos reconoce?


—No me pagan por reconocer a la gente —al hablar, se mordía los labios, era como si triturase cada palabra—. No me pagan por reconocer a la gente —repitió—, sino para impedirles el ingreso.


—¡Esto es increíble! —dijo Melchor, llevándose las manos a la corona.


—¡No lo puedo creer! —agregó Gaspar.


—¿En serio no nos reconoce? —susurró Baltazar.


—¡A ver! —gritó el veedor, furibundo, dirigiéndose a la fila—. ¡A ver si alguno de ustedes reconoce a estos tres payasos que montan caballos deformados!


Los viajeros que esperaban con paciencia su turno se acercaron.


Muchos se quedaron tiesos en cuanto los vieron, varios los tocaban para comprobar que realmente se trataba de ellos. 


Y otros —da pena contarlo— no les llevaron el apunte.

—Pero si son nada menos que… —empezó a decir un señor, emocionado.


—… basta —interrumpió el veedor—, ya es suficiente. Cada uno a su sitio. Y ustedes tres circulen, que tengo mucha gente que atender.


—Perfecto —dijo Baltazar en un tono fuerte como una orden, y los regalos se metieron solos en las bolsas—. Nos vamos. Pero conste que usted será el único culpable del seis de enero más triste de la historia.


—¡¡¡Circulen!!! —otra orden los alejaba de los chicos, de las caras de felicidad—. ¡Se me van para allá derecho! —el funcionario estiró el brazo señalando un cartelito que, por la distancia, casi ni se veía.


Melchor agudizó la vista y alcanzó a leer la palabra infractores. Levantó una de las bolsas, y los otros hicieron lo mismo. Empezaron a caminar, seguidos por tres camellos desganados, tan apenados como ellos mismos.


Melchor giró la cabeza para ver al funcionario: sonriendo, ya llamaba al siguiente de la fila.


Antes de llegar al cuartucho al que los habían confinado, los tres Reyes Magos oyeron gritos. Y se detuvieron.


La fila se había convertido en una marejada de gente discutiendo y arremetiendo contra el veedor. Cuando el maldito pudo liberarse, apareció totalmente despeinado.


Gaspar miró su reloj y después a sus compañeros.


Nadie lo dijo, pero sabían que estaban teniendo la misma idea: de ahora en más, los chicos no les escribirían cartas. Ni una sola. Desilusionados, desparramarían por toda la Tierra un único pensamiento: los tres Reyes Magos ya no existen.


En medio del griterío se les acercó una mujer pequeña, de mirada dulce, como de maestra jardinera.


—Tenemos una solución —dijo.


—Dígala rápido —se impacientó Baltazar—, antes de que llegue la mañana.


—Es sencillo —la mujer sonreía—. Existe una prohibición de ingreso a Europa para cualquier acompañante de animal.


—¡Qué novedad!


—Eso ya lo sabemos…


—¿Y para esto nos molestó?


—Bueno —siguió diciendo la señora, ahora en puntas de pie—. En el pliego de prohibición no dice que los acompañantes no puedan recibir visitas en la Estación Espacial durante la cuarentena.


—¿Entonces? —dijeron a trío.


—Entonces, los chicos pueden venir a la Estación a recibir sus regalos.


—Pero… ¿cómo?


—Nosotros —y señaló a algunos compañeros de fila que se acercaban, solícitos— podemos ayudarlos.


—Vamos a dejar cartas de invitación en sus zapatos —interrumpió un señor muy gordo, ansioso, con expresión infantil.


Los tres Reyes Magos se miraron interrogantes.


—En los zapatos de los chicos, quise decir —aclaró la mujer, feliz.


Las caras de los tres se transformaron. Fue tanta la emoción, que soltaron las bolsas llenas de paquetes. Pero no cayeron, quedaron suspendidas en el aire.


Volvieron a la entrada de la Estación acompañados por sus nuevos amigos. Ahí encontraron al veedor. Lo vieron distinto. Ahora los miraba asombrado, como si los descubriera por primera vez. Al parecer, la mujer pequeña y el gordo le habían aclarado quiénes eran ellos.


—Está bien —dijo el veedor, intentando acomodarse aquella maraña negra y pegajosa en que se había convertido su pelo—, pero aclaren en la invitación que es por única vez. No quiero que se les haga costumbre. Ya me imagino lo que va a ser este lugar cuando se llene de chicos… —y siguió hablando pero nadie lo escuchaba.


Todo el mundo se había puesto en movimiento. Algunos escribieron las cartas y otros las separaron para la distribución.


—Y antes quiero leer una de esas invitaciones —dijo el veedor con un dedo en alto—. Yo todavía soy la autoridad en este lugar.


Se tomó su tiempo para estudiarla.


—Bien —dijo al fin—. Corta y concisa.


Baltazar lo miró fijo y, sin que él lo notara, le arregló un poco el pelo para que no asustara a los invitados.


Poco después, los chicos empezaron a llegar.


Algunos venían en pijama con los zapatos en la mano, otros se habían vestido tan apurados que tenían una media de cada color o la remera de atrás para adelante.


No importaba cómo estaban vestidos, ni su color de piel, ni su idioma. Todos, sin excepción, traían pasto, pan dulce y agua para los camellos.


Tomado de: https://debeleer.com

lunes, 8 de enero de 2018

Algunas cosas que entiendo


Por: Magda Mascioli García

Entiendo que los falta de respeto y groseros campean tanto en oposicion como en el chavismo.

Entiendo que los atropelladores que se las dan de democratas son peores que Chavez.

Entiendo que en los foros, Y QUE democraticos, impera la -democracia- siempre y cuando uno diga, escriba, opine, lo que se espera que uno diga, escriba u opine; porque en el mismo momento en que alguien dice algo que no sea entubado, de inmediato comienzan los insultos y descalificaciones, amén de acusaciones como que son tarifados del g2 o chavistas infiltrados.

Entiendo que son todos muy "demcratas" siempre y cuando TODO EL MUNDO comulgue con lo que los "demócratas" imponen. Es decir, igualito que el régimen pero con color azul-verde-vinotinto-anaranjado-amarillo y demás.

Entiendo que no hay diferencias entre la agresividad, la grosería y la falta de respeto de los chavistas y las de los supuestos demócratas.

Entiendo que hay muchos que pregonan muchas bolserías pero, a la hora de la verdad, son peores que lo que critican. Y sus acciones hablan por ellos.

Entiendo que la idea es: lo malo es malo cuando lo hacen los chavistas, pero esas mismas cosas malas son buenas, cuando las hacen los supuestos "demócratas" autovendidos como supuestos "líderes valientes".

Entiendo que el principio (si a eso se le puede calificar como tal) es: defendemos la democracia y la libertad, y tu eres absolutamente libre de escribir y decir lo que quieras "SIEMPRE Y CUANDO" (ver los colores) lo que digas y escribas sea lo que nosotros te decimos que debes escribir y decir y/o que coincida con lo que nosotros opinamos y lo que nosotros escribimos porque, DE LO CONTRARIO, debes ser un cdm NI-NI, un maldito chavista infiltrado o un desgraciado tarifado del G2.

Y, lo que mejor entiendo es:

QUE MILLONES DE VENEZOLANOS ESTAMOS HARTOS DE TANTA CRETINADA,TANTO ABUSO y TANTA DOBLE MORAL, QUE ES LO QUE HA SOSTENIDO Y SOSTIENE A ESTA DICTADURA DE LA QUE SON PARÁSITOS LOS SUPUESTOS LIDERES DE LA SUPUESTA OPOSICIÓN. 

Esas son, en parte, las cosas que yo entiendo. 

Saludos 

Honestidad, la palabra olvidada



Por: Eugenio Montoro

Un periodista le preguntó a Jorge Luis Borges por qué había decidido vivir sus últimos días en Suiza. Le dijo que quería que sus restos descansaran en una tierra donde la honestidad es el valor más alto de la vida y no en Argentina donde el valor supremo era la astucia.

Honestidad es una palabra que no pronunciamos mucho y cuando nos acercamos usualmente es sobre lo contrario, el acto deshonesto que hizo un funcionario o al deshonesto rufián que nos estafó. De esta forma desarrollamos la idea de que ser deshonesto está mal, pero tenemos menos 
ejemplos sobre lo que significa ser honesto.

Cicerón decía que la honestidad conlleva la obligación de distinguir lo bueno de lo malo con sabiduría, que también implica la obligación tanto de no dañar a los demás como de servirles y que además supone la fortaleza para mantener la excelencia en realizar las acciones.

Sobre lo primero, que es lo más enredado, Kant nos abrió el camino para distinguir lo bueno de lo malo en una forma sencilla. Si lo que tú crees o piensas sobre algo puede ser propuesto y aceptado como una ley universal, entonces es bueno.
         
Por ejemplo, mi clave secreta del banco no la comparto ¿eso puede ser una ley universal? Pareciera que sí, entonces está bien. Si le digo a mis padres que voy a clases en la universidad, pero no lo hago ¿podría ser una ley universal? Pareciera que no pues, si nadie estudiase, la sociedad decaería al ser descubierta la mentira harías infelices a tus padres y de allí en adelante pocos confiarían en ti. En general el engaño, seas carnicero, manicurista, ingeniero o jugador de beisbol está mal.
         
Pero las cosas se vuelven difíciles cuando nuestro entorno no es honesto. Un funcionario público que escucha a sus compañeros hablando del “dineral” que están haciendo con marramuncias, puede verse tentado a hacer lo mismo obviando la pregunta de si es bueno o malo. Allí Cicerón le espera con el otro consejo para ser honesto “estas obligado a no dañar a los demás y servirles”.
        
Para sorpresa de algunos, la honestidad también implica la excelencia en realizar las cosas. El gobierno actual en Venezuela ha duplicado el número de funcionarios de la administración pública. Eso es deshonesto pues no trata de construir una organización excelente y eficiente a mínimo costo, sino que la ha usado como pago de favores a leales, familiares y amigos incrementando los costos de la burocracia.

Las denuncias de corrupción son numerosas y los montos de dineros desaparecidos, asombrosos, eso es deshonestidad. 

Hacer trampas en las elecciones con pagos por voto son actos deshonestos. 

No cumplir la Constitución es deshonesto y muchos otros casos que no mencionamos por lo largo de la lista.
         
Ningún país puede progresar vigorosamente sin una conducta honesta de sus ciudadanos y sus dirigentes. 

Sobre esto los líderes pesa una responsabilidad muy grande pues ellos modelan y son ejemplo para nuestra sociedad.

Por eso, va de regalo una conocida frase de Rousseau:

“Los que sugieren tratar lo político y lo moral en forma separada nunca entenderán nada de ninguno de los dos”.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Técnica para encontrar cosas extraviadas












Cuando la prisa gana a la concentración, el estrés puede conducirnos a la desatención o al olvido de cosas e incluso de procesos rutinarios. 

Alguna vez, todos hemos caído en la molesta situación de olvidar las llaves que desaparecen por arte de magia justo en el momento en que nos disponíamos a salir de casa. 

Para resolver la situación, intentamos encontrarlas en los lugares donde normalmente se encuentran o se hace el recorrido por los sitios donde se estuvo por última vez, pero esto no suele funcionar. 

Ante este extraño pero recurrente suceso un grupo de científicos ha diseñado una técnica para hallarlas sin llegar a la desesperación. 

La técnica para ubicar este objeto una vez perdido de vista es ignorar los lugares donde normalmente estarían y dedicarse justo a los espacios en los que no suelen estar, por muy insólitos que parezcan: rincones, recovecos y los espacios con más concentración de objetos en la casa. 

Pero ¿esto realmente nos aseguraría dar con su localización? El estudio que realizó el grupo de investigadores del Reino Unido en la Universidad de Aberdeen responde a esta cuestión. 

La técnica para encontrar objetos 

La investigación se enfoca en la vista y en su proceso para ubicar objetos. 

Realizaron un experimento con pruebas y ejercicios sobre los esquemas visuales de varios voluntarios. Las pruebas consistían en que cada voluntario debía hallar, con la vista, objetos específicos y muy similares entre sí. 

Los resultados pusieron de manifiesto que los individuos comienzan la búsqueda descartando los espacios obvios y siendo más exhaustivos en los lugares en que se dificulta más la búsqueda. 

Es decir, primero se busca el objeto de forma rápida en las zonas vacías para descartar su presencia y luego se pasa a las zonas que contienen más información. 

Parece que el sentido común es el que conduce a la clave del ejercicio sin tener en cuenta los elementos que se encargan de concretar el proceso: los ojos y, con ellos, la visión periférica. 

El estudio demostró que si el objeto estuviera en lugares obvios o muy vacíos, nuestra visión periférica lo ubicaría fácilmente mientras capta otras imágenes. 

Por eso se recomienda obviar los espacios con menos contenidos e imágenes y recurrir a los lugares menos obvios. 

Esto puede ser aplicado no sólo a la búsqueda de las llaves, sino a la de cualquier otro objeto. 

La investigación demuestra que perdemos mucho tiempo buscando cosas que extraviamos en lugares en los que se sabe que no van a estar porque ya se han buscado allí con anterioridad. 

Con este estudio se puede tener más conciencia a la hora de buscar frenéticamente algo que necesitamos. 

Comenzar por el desorden y por los espacios con alto contenido de información, evitará perder tiempo y generar un estrés innecesario.

Tomado de: https://www.grandesmedios.com

lunes, 18 de diciembre de 2017

10 trucos caseros para la limpieza del carro













Por: 
StarOfService

Aquí te mostramos 10 consejos caseros, económicos y efectivos para mantener tu carro impecable por más tiempo entre lavado y lavado. 

Acondicionador de cabello para dar brillo 
Si lavas tu carro con un acondicionador para el cabello que contenga lanolina, obtendrás un efecto encerado que, además de verse como recién salido del lavadero, ayudará a repeler la lluvia. 

Limpia los parabrisas con Coca Cola 
Los refrescos tipo cola son ideales para eliminar polvo y suciedad pegados al parabrisas. Tan sólo debes ser precavido con dos cosas:
1) Pon una toalla o trapo absorbente en la parte inferior del parabrisas para proteger la pintura del capó del efecto corrosivo del refresco y 
2) enjuaga bien el parabrisas luego de la limpieza para eliminar el azúcar restante y que el vidrio no quede pegajoso. 

Limpiavidrios para los faros 
Mantén los faros pulidos aplicando limpia vidrios y frotando vigorosamente con un trapo. 

Toallitas húmedas para bebés para las ventanas. 
Limpia el parabrisas y las ventanas del carro frotándolas con toallitas para bebés. El efecto es eficaz e inmediato. 

Bicarbonato de sodio para el lavado general 
Vierte ¼ taza de bicarbonato de sodio y ¼ taza de lavavajillas en 3 litros de agua y guárdalo en una botella bien cerrada. Esta mezcla servirá como jabón concentrado para cuando quieras lavar tu carro y darle un efecto como recién salido del lavadero. Tan sólo vierte una taza de esta mezcla por cada cinco litros de agua tibia, mezcla y procede a aplicarlo vigorosamente con una esponja. Aclara bien y ¡voilà! 

Querosen para impermeabilizar 
Añadir 1 taza de kerosen en 5 litros de agua y aplica la solución sobre tu coche con una esponja. No hace falta enjuagar. Esto cubrirá a tu carro con una superficie impermeabilizante que protegerá a tu carro de la inminente oxidación que irá sufriendo a lo largo de los años. 

Aceites esenciales para aromatizar 
Si quieres un ambientador de carro natural y personalizado, coge una pinza de ropa de madera y aplícale algunas gotas de tu aceite esencial favorito (¡o combina varios a tu gusto!). Conecta la pinza de ropa al respiradero del carro. Cada vez que enciendas el acondicionador de aire, tu carro se inundará de aromas. 

Aceite de oliva para los asientos de cuero 
Esto podría sonarte extraño, pero el aceite de oliva es en realidad una gran herramienta para la limpieza y nutrición de los asientos de cuero. Lava el asiento de cuerpo con jabón neutro. A continuación, frota una pequeñísima cantidad de aceite de oliva en el mismo, deja actuar 5 minutos y frota nuevamente con un paño seco y limpio. Déjalo secar por algunas horas antes de volver a sentarte. 

Limpia el tablero con un cepillo de dientes 
El tablero del carro está lleno de recovecos que son difíciles de alcanzar con una esponja o un paño. Para eliminar la suciedad de esos rincones y ranuras, utiliza un cepillo de dientes. Cuanto más pequeño sea, más rincones difíciles podrás alcanzar. 

Pasta de dientes para los faros 
Debido a su increíble eficacia, este truco es bastante popular: tan sólo debes frotar pasta de dientes (la que viene como una pasta blanca, no la que viene como un gel), dejar actuar unos minutos y enjuagar. ¡Tus faros se verán como nuevos!

Tomado de: https://www.grandesmedios.com

domingo, 17 de diciembre de 2017

El Mago de la Verdad








Carlos se preparaba para su último día de colegio antes de las vacaciones de Navidad. Estaba emocionado porque iban a hacer una gran fiesta en clase y una función de teatro para los padres. Llevaba semanas hablando de ello en casa y andaba bastante desconcentrado porque no paraba de charlotear. A Carlos le encantaba hablar, hablar, hablar…
Su madre le había dicho que si sacaba buenas notas le llevaría a visitar aquel teatro que tanto le gusta. A Carlos le encanta ese sitio. Además, la última vez que fueron le sacaron al escenario y eso le emociona porque le gusta mucho ser el protagonista.
Al fin sonó la campana… ¡Comenzaron las vacaciones de Navidad! Y como Carlos había sacado unas buenas notas, su mamá lo llevó al teatro.
Cada semana llevaban un artista nuevo y ese fin de semana anunciaban al gran Mago de la Verdad.
Una vez dentro, Carlos estaba impaciente por coger un buen asiento cerca del escenario.

(Se apagaron las luces y sonó el tambor tan, tan, tan)

– Señoras y Señores, con todos ustedes, recién llegado del lejano oriente, “El gran Mago de la Verdad”.
De pronto una pequeña luz apareció de la nada, volando entre el público y flotando ligera entre la oscuridad de la sala, se acercó y se posó sobre un sombrero de copa que había en el escenario.
(Plasssssss) una nube de humo blanco envolvió el sombrero y por arte de magia, apareció el Mago todo vestido de negro y con una pequeña barba que asomaba de su barbilla, una pajarita dorada como la bola de luz y un sombrero de copa con una gran ala, distinto a cualquier sombrero que jamás hubiera visto.
El silencio se apodero de la sala, acaparando la total concentración del público. El Mago pronunció unas palabras en un idioma que no entendió y después dijo: 
¿Quién quiere conocer los secretos de un misterioso y lejano país?
Todos los niños levantaron la mano excepto Carlos, que todavía estaba impresionado por la luz que había aparecido de la nada.
Entonces el Mago lo señaló y le hizo subir al escenario. Carlos tenía una sensación extraña, no se sentía como en otras ocasiones con ganas de estar allí.
El Mago le pidió que se sentase en un pequeño sofá que había aparecido de la nada. Todo era muy raro y Carlos no se fiaba mucho.
Entonces, el Mago comenzó a agitar un pañuelo hasta que de él salió un viejo reloj de cadena.
Le dijo:
Ahora, Carlos, vas a viajar al país de la escucha, donde sólo los más sabios han podido estar – chasqueó sus dedos y comenzó a mover el reloj  .

Un profundo sueño se apoderó de Carlos y sin poder remediarlo sus ojos se cerraron.

De pronto volvió a escuchar el chasquido de los dedos del Mago y despertó en un lugar totalmente nuevo.
Carlos jamás había visto un paisaje tan hermoso. Un gran prado repleto de lavandas y flores silvestres. Un cielo tan azul que no parecía cielo sino cristal y unas nubes tan blancas que parecían grandes copos de nieve.
A lo lejos le pareció ver una cabaña y decidió acercarse para saber qué estaba pasando y cómo había llegado a ese maravilloso lugar.
¡Qué bien olía! ¡Y que bien se sentía! Sorprendentemente estaba muy tranquilo.
Cuando llegó a la cabaña vio que sus habitantes eran una pareja de ratones que andaban muy liados con las tareas del hogar.
De pronto, casi sin inmutarse, la Ratona dijo:
 Ven Carlos, te hemos preparado té y magdalenas. Nos han dicho que te gustan mucho.
Cuando Carlos intentó contestar y comenzar a soltar su retahíla de preguntas, se dio cuenta de que no podía hablar, sólo podía escuchar lo que le decían.
Entonces se preocupó un poco ¿Cómo les contaría a los ratones su historia?, ¿Cómo les pediría ayuda? ¿Cómo?
La Ratona le sirvió una taza de té caliente y dos magdalenas con mermelada de cerezas. ¡Estaban deliciosas! Carlos hubiera querido contar a la ratona, que él también preparaba magdalenas, pero de su boca no salía ningún sonido.
Cuando el señor Ratón entró en la salita, la señora Ratona paró de hacer cosas y se sentaron frente a Carlos.
El señor Ratón le dijo:
– Hola Carlos, el Mago nos ha pedido que te demos una charla sobre lo importante que es escuchar. Te ha elegido entre todos esos niños porque ha notado que te gusta mucho hablar y que sólo escuchas cuando te dicen las cosas que a ti te gusta oír ¿Es así? –.

Carlos asintió con la cabeza baja, porque le daba vergüenza que le dijeran cosas malas.

La señora Ratona le dijo que no debía agachar la cabeza. Que todos tenemos que aprender a aceptar tanto los cumplidos como los reproches y que, si somos suficientemente listos, podemos aprender mucho de aquello que nos corrigen y así nunca volver a hacer las cosas mal.
– A ver Carlos – dijo el Ratón – ¿Por qué qué te encanta hacer teatro? Seguro que te gusta mucho que te aplaudan y te escuche todo el mundo. Pero cuando te toca escuchar a ti y aplaudir a los demás, es un poco más difícil ¿verdad? –
Carlos asintió de nuevo. Lo cierto es que le encantaba que todo el mundo le prestara atención.
– Te vamos a contar un secreto. Solo unos pocos, como el Mago, lo conocen. ¿Quieres qué te lo contemos?
De nuevo, Carlos asintió, mostrando gran interés en su mirada.
– Pues bien, sólo si sabes escuchar los consejos, las lecciones y los sentimientos de los demás, serás capaz de guiar a otras personas y conseguirás ser todo lo que te propongas, desde médico, hasta un gran Mago, como nuestro amigo. Pero tienes que aprender a escuchar. Hoy nosotros te hemos silenciado para que puedas aprender bien esto que te contamos. ¿Qué has sentido al no poder contestar ni contar toda tu historia?
De pronto Carlos tuvo la sensación de que podía hablar y dijo. 
Pues verá usted señor Ratón y Señora. Al principio me he agobiado mucho por no poder hablar. Siempre tengo la necesidad de estar hablando sin parar pero luego, me he sentido bien. Sólo me interesaba escuchar lo que me contabais y, por primera vez, he tenido la sensación de aprender  y comprender. Como siempre estoy hablando, a veces me cuesta enterarme de las cosas, pero hoy no ha sido así.
– Espero que hayas aprendido la lección, porque los que vivimos a este lado de los sueños y los pensamientos, en la otra parte del mundo, confiamos en ti y creemos que vas a ser un buen niño y un adulto muy sabio, dijo el Ratón.
– Toma Carlos, abrígate, dijo la Ratona acercándole una preciosa capa roja.
– Pero si afuera hace mucho calor dijo Carlos.
– Ya no- dijo el Ratón –ahora que sabes escuchar y has prometido no hablar tanto, podrás saber cómo es en realidad el país de la Navidad. Sal y míralo antes de volver a la tierra y dale las gracias al gran Mago. 
Mírale bien a la cara, puede que su rostro te resulte familiar. Ahora que sabes escuchar, te darás cuenta de que observarás mejor a los demás. ¡No te olvides de mirar bien al Mago, te sorprenderás!
Cuando Carlos salió de la casita, el prado se había convertido en una ciudad preciosa de caramelo, rodeada de nieve y de duendes de la Navidad que corrían de un lado a otro envolviendo regalos, cantando, decorando los abetos y el trineo de Papá Noel.
¡Carlos era el niño más feliz del mundo, estaba en la ciudad de Papá Noel! De pronto volvió a escuchar un fuerte chasquido de dedos. ¡Despierta!
Al abrir los ojos Carlos se encontró con el Mago que le miraba directamente a los ojos. Carlos observo al Mago, tal y como le había dicho el Ratón que debía hacer. ¡Cuál fue su sorpresa, cuando descubrió que el Mago era en realidad Papá Noel!
No había nadie a su alrededor, era como si todos hubiesen desaparecido. El Mago le dijo – ¿Te ha gustado mi regalo? Te he estado observando todo el año y he pensado que este era el mejor regalo que te podía hacer.
– Ha sido el mejor regalo del mundo, Papá Noel. ¡Gracias!, prometo esforzarme en escuchar y hablar menos. Intentaré no acaparar todo el protagonismo y observaré más a los demás para saber qué necesitan.
(Ring, ring) Suena el despertador.
– Carlos, vamos despierta, que vas a llegar tarde al colegio ¡Venga que hoy empiezan las vacaciones de Navidad!
No puede ser, pensó Carlos. ¡Todo ha sido un sueño! No puede ser.
Pero Carlos observó, en silencio, tal y como había dicho que iba a hacer. Se dio cuenta de que sobre su escritorio había un pequeño sombrero de copa y una pequeña nota que decía:
"No todo es lo que parece, pero si observas bien y escuchas, podrás aprender y ser cada día más sabio y así conseguirás que todos tus sueños se hagan realidad".
¡Qué pases una feliz Navidad!
Firmado, El Mago de la Verdad (P.N)

FIN

Autora: Beatriz de las Heras García
Tomado de: http://www.cuentosyrecetas.com